Velvet Passport Magazine

Perderse a propósito: por qué caminar sin ruta puede ser la mejor forma de conocer una ciudad

Llegamos a una ciudad nueva y hacemos prácticamente lo mismo.

Abrimos el teléfono.

Buscamos la dirección.

Seleccionamos la ruta más rápida.

Seguimos una línea azul hasta llegar.

Es extraordinariamente eficiente. Y quizá precisamente por eso estamos perdiendo una de las partes más interesantes de viajar: caminar sin saber exactamente hacia dónde vamos.

La ciudad que existe entre los lugares importantes

Los itinerarios suelen conectar puntos.

Hotel.

Museo.

Restaurante.

Monumento.

Tienda.

Pero una ciudad no existe únicamente dentro de esos lugares.

También está en las calles que los separan.

Caminar sin itinerario permite observar esa parte menos preparada para el visitante: edificios residenciales, pequeños comercios, mercados, parques y cafés que probablemente nunca aparecerían entre los primeros resultados de una búsqueda.

No es necesario estar completamente perdido

Caminar sin ruta tampoco significa abandonar toda lógica.

La tecnología continúa ahí si necesitamos regresar.

La diferencia consiste en no utilizarla constantemente.

Podemos elegir un barrio, identificar aproximadamente dónde estamos y permitir que las calles decidan el recorrido durante un par de horas.

Doblar porque una fachada resulta interesante.

Entrar en una librería.

Cruzar un parque.

Detenerse porque algo huele extraordinariamente bien.

La ciudad comienza a construirse mediante curiosidad en lugar de recomendaciones.

Algunas ciudades fueron hechas para esto

París resulta extraordinaria cuando se abandona temporalmente el mapa.

Roma recompensa cada desvío con patios, iglesias y pequeñas plazas.

Kioto permite pasar de avenidas transitadas a callejones silenciosos en cuestión de minutos.

Lisboa obliga a aceptar que la calle más interesante probablemente sea también la que sube más.

Y Ciudad de México puede transformar una caminata por Roma Norte, Juárez o San Rafael en una sucesión de arquitectura, galerías, restaurantes y comercios completamente inesperados.

La memoria funciona diferente

Existe algo curioso en los lugares encontrados por accidente.

Suelen recordarse mejor.

Quizá porque no estaban anticipados.

No llegamos esperando determinada experiencia ni intentando reproducir una fotografía que ya habíamos visto.

Simplemente apareció.

Y ese pequeño elemento de sorpresa hace que el recuerdo tenga una textura distinta.

Dejar espacio al destino

Los itinerarios son útiles.

Permiten reservar lugares difíciles, organizar el tiempo y evitar perder oportunidades importantes.

Pero no necesitan ocupar cada hora.

Dejar una mañana o una tarde completamente abierta permite que aparezca otra versión del viaje.

Porque conocer una ciudad no siempre significa visitar todo aquello que aparece en una guía.

A veces significa caminar lo suficiente para encontrar algo que nunca habríamos sabido buscar.