Al caer la noche, el Orient Express se transforma. Bajo el terciopelo azul y la luz de candelabros de Murano, seis mesas se preparan para una cena que no aparece en los itinerarios: un ritual gourmet entre estaciones solitarias y suspiros antiguos.
Sin carta, sin menú visible. Solo una secuencia de sabores regionales y maridajes secretos seleccionados según tu estado de ánimo. El lujo aquí no se ve, se intuye. Se bebe a sorbos en vinotecas ocultas y se saborea en platos que viajan tanto como tú.
Esto no es transporte. Es un recuerdo que se mide en latidos.