Velvet Passport Magazine

Volver al mismo lugar: el pequeño ritual que hace tuya una ciudad ajena

Hay una etapa del viaje en la que dejamos de buscar constantemente algo nuevo.

Sucede después de haber recorrido suficientes calles, probado varios restaurantes y comprendido mínimamente el ritmo del destino.

Entonces encontramos un lugar.

Puede ser una cafetería.

Una pequeña mesa en un restaurante.

Un bar de hotel.

Una librería.

Una terraza.

Y decidimos regresar.

Parece una decisión insignificante. Después de todo, cuando tenemos pocos días en otra ciudad, repetir un lugar puede sentirse como desperdiciar una oportunidad.

Pero muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

La obsesión por probarlo todo

Las redes sociales y las guías digitales han transformado nuestra manera de viajar.

Antes de llegar ya tenemos decenas de lugares guardados.

El café imprescindible.

El restaurante que todos recomiendan.

La panadería viral.

El bar escondido.

La tienda que supuestamente debemos visitar.

El resultado puede convertirse en una especie de carrera gastronómica y cultural donde cada comida necesita ocurrir en un lugar diferente.

Repetir parece poco eficiente.

Pero viajar no debería funcionar como una lista que necesitamos completar.

La segunda visita siempre es diferente

La primera vez que entramos a un lugar estamos intentando comprenderlo.

Dónde sentarnos.

Qué pedir.

Cómo funciona el servicio.

Qué ambiente tiene.

La segunda vez, todo eso desaparece.

Ya sabemos cuál mesa preferimos.

Reconocemos el camino.

Quizá incluso sabemos qué queremos pedir antes de sentarnos.

Esa familiaridad diminuta cambia la experiencia.

Durante unos minutos dejamos de sentirnos completamente visitantes.

Así empiezan las pequeñas rutinas

Los viajes largos hacen este fenómeno todavía más evidente.

Quien permanece varias semanas en París puede terminar desayunando cada mañana en la misma boulangerie.

En Roma, quizá existe un espresso que comienza a formar parte de la rutina.

En Tokio, una pequeña barra encontrada cerca del hotel puede convertirse en la última parada de cada noche.

No necesariamente son los lugares más famosos.

Muchas veces ni siquiera serían aquellos que recomendaríamos como “imprescindibles”.

Su valor está en otra cosa.

Se convierten en parte de nuestra relación personal con la ciudad.

Ser reconocido cambia la experiencia

Existe un momento especialmente agradable: cuando el lugar también comienza a reconocerte.

El barista recuerda cómo tomas el café.

El mesero sabe qué mesa prefieres.

El bartender pregunta si quieres lo mismo que ayer.

Son interacciones pequeñas, pero producen algo que los viajeros persiguen constantemente: sensación de pertenencia.

No somos locales.

Probablemente nunca lo seremos.

Pero durante unos días dejamos de ser completamente anónimos.

Los grandes hoteles entienden muy bien esta sensación

Parte de la extraordinaria fidelidad que generan determinados hoteles tiene que ver precisamente con esto.

Hay viajeros que regresan durante décadas a la misma propiedad.

Solicitan la misma habitación.

Desayunan en la misma mesa.

Conocen al personal.

Ya saben cómo llegar desde el aeropuerto y dónde caminar por la mañana.

El viaje deja de estar construido alrededor del descubrimiento y comienza a apoyarse en algo igualmente valioso: familiaridad.

Por eso regresar puede resultar tan placentero como conocer algo nuevo.

Un mapa completamente personal

Con el tiempo, las ciudades que visitamos varias veces comienzan a dividirse en dos mapas.

Está el mapa oficial.

Monumentos, avenidas, museos, restaurantes famosos.

Y luego está el nuestro.

La esquina donde compramos flores.

El restaurante al que regresamos cada visita.

La banca donde nos sentamos una tarde.

El hotel que siempre elegimos.

Ese segundo mapa no aparece en ninguna guía.

Se construye únicamente regresando.

No necesitas conocer toda una ciudad

Quizá una de las grandes lecciones de viajar más sea comprender que nunca necesitamos verlo todo.

París seguirá teniendo restaurantes pendientes.

Tokio continuará siendo imposible de terminar.

Nueva York siempre tendrá un barrio nuevo.

Y está bien.

A veces conocer profundamente cinco lugares genera una relación mucho más interesante con una ciudad que visitar cincuenta una sola vez.

Encontrar un lugar favorito en una ciudad que no es la nuestra representa precisamente eso.

La decisión de dejar de perseguir constantemente lo siguiente.

Entrar nuevamente por una puerta conocida.

Sentarse en la misma mesa.

Y comprobar que, incluso a miles de kilómetros de casa, también podemos construir pequeñas formas de regresar.